martes, 29 de junio de 2010

¿Y si no fuera un cuento?

Por Saúl Schkolnik

En medio de un inmenso océano había una isla. Era una isla hermosa, con grandes árboles y suaves arroyos. Distintas especies de animales habitaban en ella, y también vivían allí dos pescadores, Arsenio y Pedro con sus familias. Salían todos los días a pescar, y por las tardes conversaban con sus mujeres y jugaban con sus hijos.
Un día, al volver de la pesca, vieron en la playa un pequeño cangrejo rojo con una patita herida que trataba con dificultad de llegar al mar.
-Mira –señaó Arsenio- un cangrejito con una pata lastimada.
-Ayudémoslo –dijo Pedro y tomándolo lo llevó hasta el agua.
-Muchas gracias, amigos míos –dijo el cangrejo rojo.Ambos pescadores se dieron vuelta y lo miraron, sin creer en lo que habían oído.
-Por favor, permítanme que yo les ayude a ustedes –dijo hablando nuevamente el cangrejo, pero no recibió respuesta, ya que los pescadores no atinaban a contestar.
-Bueno –agregó entonces- si no desean nada por el momento, no importa; pero recuerden, cuando quieran algo no tienen más que acercarse a la orilla del mar y pedírmelo. Entre mis hermanos y yo podemos fabricar cualquier cosa, usando, por supuesto, los materiales que hay en esta isla en que vivimos– y dicho esto, se sumergió.
Los pescadores regresaron a sus cabañas muy desconcertados, pensando que todo lo habían soñado.Como ese día la pesca no había sido muy provechosa, la comida fue escasa, y lo mismo sucedió al día siguiente…Fue por eso que Arsenio decidió pedir un deseo, pero no se lo contó a nadie por temor a que se rieran de él. Caminó hasta la playa y se agachó junto al agua para poder hablar en voz baja, pensando siempre que era muy tonto lo que estaba haciendo.
-Cangrejito rojo –llamó- ¿me oyes?... este… si me estás oyendo, me gustaría pedirte algo para nuestra comida…
“Clip clap, clip clap, clip clap” oyó, como si fueran muchos pasitos, y dos enormes pescados aparecieron a sus pies, en menos tiempo de lo que se demoró en pestañear.
Feliz, recogió los pescados y corrió a su cabaña. Por el camino encontró a Pedro.
-¿Qué llevas ahí? –preguntó éste.-Toma –dijo Arsenio dándole uno de los pescados- es para ustedes.
-Pero… ¿de dónde has sacado esto –volvió a preguntar
Pedro, sabiendo que su amigo no había salido a pescar.-¡No me lo vas a creer! –contó Arsenio- pero fue ese cangrejo rojo, ¿te acuerdas?, quien me los dio.
-¡Entonces era verdad lo que prometió! –exclamó Pedro, y devolviéndole su pescado a Arsenio corrió a la orilla. Mientras corría, pensaba: ¡Qué tonto es Arsenio!, ¿para qué
pedir pescado crudo, cuando lo puedo pedir listo para comer?
-Cangrejo rojo –pidió- deseo que me sirvas una buena comida.
“Clip clap, clip clap, clip clap” oyó y a sus pies, apareció una deliciosa comida para toda su familia, en
menos tiempo de lo que se demoró en pestañear.“Clip clap, clip clap, clip clap” oyó y en un instante aparecieron dos pescados y algunas matas de algodón y un carnero salvaje, y en otro instante todo fue preparado y curtido y tejido y cortado y cosido y… en menos tiempo de lo que se demoró en pestañear… ¡ahí estaba la comida exquisita, la ropa nueva y los zapatos brillantes, para toda la familia!
Por su parte, Andrea y Pedro decidieron pedir, no sólo ropa y zapatos nuevos, sino también muebles y ropa de cama.“Clip clap, clip clap, clip clap” se oyó, y otro carnero salvaje cayó muerto, y fueron abatidos algunos árboles y cosechadas algunas plantas, y Andrea y Pedro tuvieron mucha comida, ropa y muebles nuevos en menos tiempo de lo que se demoraron en pestañear.Arsenio pensó que si el cangrejo podía fabricar muebles, también podría construir una casa.
-Cangrejo –le ordenó- me construirás una casa de piedra.
Y tuvo su casa de piedra.Andrea quiso tener una más grande, y el cangrejito se la construyó.
Y comenzó una verdadera competencia entre ambas familias. Si una pedía doce platos, la otra exigía veinticuatro; si una quería una torre para su casa, la otra reclamaba un castillo.
-Pedro –le dijo un día su esposa- pasó Arsenio con unos tenedores de oro. Yo también los quiero.
Fue Pedro a la orilla, y le pidió al cangrejo unos tenedores y cuchillos de oro.
-Lo siento –fue la respuesta en esa ocasión-, pero el oro se acabó, te los daré de plata –y le dio tenedores y cuchillos de plata.
Por supuesto, Andrea se disgustó mucho y retó a Pedro.
Arsenio, enterado de lo que había sucedido, decidió proteger sus tenedores y cuchillos de oro, de la codicia de sus vecinos.
-Cangrejo –le pidió- necesito unas rejas fuertes para defender mi castillo.
“Clip clap, clip clap, clip clap” oyó, y unos nuevos túneles y pozos se abrieron en la isla; el metal fue fundido y las rejas hechas y colocadas en menos tiempo de lo que Arsenio se demoró en pestañear.
Pedro, que tenía un castillo tan grande como el de Arsenio, al ver las rejas que aparecían en el castillo de su vecino, pidió rejas más fuertes y resistentes, y además un cañón para defenderse.
Y Arsenio pidió varios cañones y Pedro exigió… hasta que un día se encontraron por casualidad a la orilla del mar. Mirándose con recelo y desconfianza cada uno empezó a pedir nuevas cosas.
-Vengo a ordenar nuestra cena y deseo que me cambies todos los manteles por otros más finos –pidió Arsenio.
-Yo quiero todo eso, y además otro juego de muebles para nuestro segundo comedor –exigió Pedro.
-Y yo quiero…-dijeron ambos al mismo tiempo, pero fueron interrumpidos por el cangrejito rojo que se había asomado fuera del agua.
-Lo lamento –les dijo- pero ya nada más puedo hacer por ustedes.
-Muy bien –dijo Pedro- entonces, ¿por qué no puedes hacerlo ahora?
-No puedo –dijo el pequeño animal- porque ya no quedan árboles, ni minerales, ni plantas, ni animales. Ya no queda nada. La isla es sólo una roca desnuda.
Pedro, Arsenio, Inelia y Andrea miraron sorprendidos a su alrededor.
Hacía mucho tiempo que no miraban la isla, preocupados como habían estado de tener y tener más cosas. El cangrejo rojo tenía razón, estaba sólo la roca desierta, sin aves, sin vegetación, solamente dos enormes y arrogantes castillos de piedra.
-¿Sabes Arsenio? –dijo Pedro-, no sé para qué quise tener rejas y cañones.
-Nos sobran piezas y muebles –reconoció Inelia- y también ropas y adornos.
-Creo que hemos destruido nuestra isla pidiendo cosas que no necesitábamos –dijo apenado Arsenio- hemos derrochado todos sus recursos y bellezas creyendo que eran inagotables.
-¡Ojalá pudiéramos recuperar nuestra hermosa isla! –dijeron todos, pensando en lo mismo.
-¿Puedes concedernos un último deseo? –preguntaron.
-Siempre que sea transformar una cosa en otra, puedo hacerlo –les contestó el cangrejo.
-Sí, sí –dijeron todos a un tiempo- lo que queremos es que vuelvas a cambiar todas las cosas, para que la isla sea nuevamente lo que era antes de que te conociéramos.
-Pero desaparecerán los castillos, los muebles elegantes y casi todo lo que ahora poseen –les advirtió el cangrejito rojo, y como ellos estuvieran de acuerdo…
“Clip clap, clip clap, clip clap” oyeron como si fueran miles de pasitos recorriendo la isla. Y desaparecieron los castillos, las rejas y todas las cosas elegantes y superfluas; y reaparecieron los grandes árboles y los animales salvajes, y se llenaron los túneles y los pozos. La isla reverdeció quedando como antes había sido.
También aparecieron las cabañas, las ropas sencillas y los pequeños botes, y todo sucedió en menos tiempo de lo que se demoraron en pestañear.
-Gracias, cangrejito –le agradecieron-. ¡Muchas gracias! Ahora aprovecharemos, sin abusar, de las riquezas de nuestra isla –y se encaminaron hacia sus hogares.
Pero Arsenio quedó pensativo, y dirigiéndose al cangrejo le preguntó:
-Dime, ¿cómo has podido lograr que todo vuelva a ser como antes, cómo has podido hacer para que el tiempo haya retrocedido?, ¿cómo has podido hacerlo?
-He podido hacerlo, porque sólo se trata de un cuento.

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